Lunes de coloquio. Los alumnos entran uno a uno para salir al rato, con la cara colorada o alguna sonrisa.
Dar un examen provoca miedo. Entrar al aula, la puerta que cruje y los encierra. Los pasillos con su bullicio incesante que se van apagando para dejar solo un zumbido. El silencio adentro que intimida.
La voz se vuelve ronca, débil, como atravesando lejanos laberintos. Los conceptos se arremolinan todos juntos y no aparece la palabra que marcará el inicio del párrafo difícil.
Ya todo está en juego. No hay marcha atrás. El verdugo acecha con hojas llenas de nombres y una lapicera que plasmará con un número el destino.
Antes no existían los coloquios. Un uno en la libreta nos conducía irreversiblemente al tribunal en diciembre. Y el libro de la materia a rendir se volvía más lleno de letras a esa altura.
Hoy, existe esa instancia salvadora.
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Han pasado casi todos los alumnos y entra Juan. Grandote para sus doce años, con un tartamudeo inusual que lo lleva a repetir una y otra vez los mismos conceptos, mientras que una línea acuosa resbala por su frente.
“Yo digo las oraciones” – aclara serio- y su mirada se clava fijamente en un pupitre con algunos corazones borroneados.
El pizarrón como sabio asistente deja una vez más que la tiza lo seduzca. Y en poco tiempo, se llena de circunstanciales, de pronombres y de verbos.
Juan sigue inmóvil. El sujeto compuesto no le da lugar al predicado; y los complementos se tornan nebulosa en su mente.
Escribe una oración en la pizarra, con sus letras grandes, temblorosas y al concluir, un tiempo interminable pasa sin que nada suceda.
“Marca el verbo”, se le indica, “y después el sujeto y predicado como lo hacíamos en clase”
Allí está el niño grandote, observa las palabras para que le den una pista. Pero ellas siguen allí, inertes, como burlándose de su urgencia.
Y de pronto le detallan, “A ver Juan, el núcleo es el sustantivo”.
Un resoplido de ansiedad envuelve toda el aula, el aire queda revoloteando y espanta un pájaro que observa desde la ventana.
Y en ese momento, me veo como si fuera Juan, con su misma cara, con su misma laguna en la mente y ganas de adelantar los minutos y que ya todo termine.
Recuerdo mi guardapolvo blanco y mis medias sofocadas dentro de los zapatos acordonados…
Vuelvo a la realidad cuando la profesora exclama: “Juan, ¿no sabes cuál es el sustantivo?” Entonces, revivo la poesía de Baldomero Fernández Moreno donde el profesor decía:
-Pero, señor – el nombre sustantivo, una pavada!-
Imaginé los pensamientos del niño. El tampoco quería estar allí.
Tenía calor, tal vez un perrito blanco, un patio de arena para correr con el hermano, comer dulce de naranjas o simplemente jugar en esas horas. ¡No hablar de los sustantivos!
Juan se levanta. Ya no parece tan grande. Acomoda sus hojas y abre la puerta. El pasillo se silencia a su paso.
De pronto, se da vuelta, y con cara amenazante lanza la frase final:
“Igual pa pa paso profe, no me quedo de año, po po porque ahora “se pasa con tres”.
Algo que nos ocurre a los profes en cada examen de tribunal.
(El final lo modifiqué...considerando los nuevos cambios en los planes de estudio dando la oportunidad de pasar de año "con tres materias" con la condición de preparar una de ellas durante el año)
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